En 1972, con 30 años y después de haber publicado dos novelas, Michael Crichton publicó la novela “The terminal man”.
El argumento trata sobre el intento por parte de la medicina de curar a un enfermo de epilepsia psicomotora, enfermedad que se manifiesta mediante repentinos e inexplicables ataques de violencia. Tras años de investigación, los responsables del proyecto encuentran al candidato perfecto, Harry Benson, para llevar a cabo una operación realizada hasta el momento sólo en animales. La intervención consiste en colocar en el paciente un micro-ordenador que detecta cuando se va a producir un ataque violento y contrarrestarlo mediante la generación estímulos eléctricos en el cerebro del sujeto. Como era de esperar por el lector, los resultados no son los que debieran.
La historia es creíble gracias a la facultad que caracteriza a este autor por documentar de manera exhaustiva sus trabajos y hacer que parezcan factibles. Los personajes resultan bastante planos, y parecen ser tratados como accesorios de la trama argumental, la cual es simple y lineal, y con un desenlace totalmente predecible.
Se lee muy rápido, gracias a (o por culpa de) la prosa de Crichton. El final del libro es brusco y no hace más que confirmar el presentimiento de que el libro te iba a dejar un mal sabor de boca.
Siempre tuve pocos amigos, y casi ninguno de ellos, salvo ocasiones excepcionales, me acompañó en alguno de mis viajes; aprendí a valorar, para lo que no me hizo falta pasar muchas páginas, la compañía de un buen libro.
Captain Bryant.