navegando a la deriva

Latitud desconocida

Noviembre 24th, 2008 a las 5:57

El club Dumas [extracto]

Anochecía cuando Corso llegó a su casa, sintiendo el doloroso latido de la mano magullada en el bolsillo del gabán. Fue al cuarto de baño, recogió del suelo el pijama arrugado y una toalla, y mantuvo la muñeca cinco minutos bajo un chorro de agua fría. Después abrió un par de latas en conserva para cenar de pie, en la cocina.

Había sido un día extraño, y peligroso. Reflexionaba sobre ello, confuso por la sucesión de acontecimientos, aunque con menos inquietud que curiosidad. Desde tiempo atrás, su actitud ante lo inesperado se reducía al desapasionado fatalismo de quien espera que la vida le dé el siguiente paso. Esa ausencia de compromiso, esa neutralidad ante los acontecimientos, excluía todo protagonismo. Hasta aquella mañana en la callejuela de Toledo, su papel había sido siempre de ejecutor. Las víctimas eran otros. Cada vez que mentía o negociaba con alguien, el hecho se producía de modo objetivo, sin nexo moral con las personas o cosas que eran sólo materia de su trabajo. Lucas Corso quedaba al margen, mercenario no comprometido salvo en el beneficio formal; tercer hombre indiferente. Quizás esa actitud le permitió sentirse siempre a salvo, del mismo modo que, cuando se quitaba las gafas, las personas y objetos lejanos se diluían en contornos imprecisos, desenfocados, cuya existencia podía ignorar al privarlos de su envoltura formal. Ahora, sin embargo, el dolor concreto en la mano lastimada, la sensación de amenaza, dispuesta a irrumpir en su vida con violencia específica de la que él, y no otros, era objeto, sugerían inquietantes cambios en el panorama. Lucas Corso, que tantas veces ofició como verdugo, no tenía el hábito de considerarse víctima de nadie. Y eso lo desconcertaba.

Además del dolor en la mano, sentía los músculos crispados por la tensión y la boca seca. Así que destapó una botella de Bolls y buscó aspirinas en su bolsa de lona. Siempre llevaba una buena provisión encima, con los libros, lápices y bolígrafos, libretas de apuntes a medio llenar, navaja suiza de múltiples usos, pasaporte y dinero, una abultada agenda telefónica y libros propios y ajenos. Con eso podía, en todo momento, desaparecer sin dejar nada tras de sí, igual que un caracol con su concha. Aquella bolsa le ayudaba a improvisar una casa, un lugar de residencia en cualquier sitio a donde lo condujese el azar o sus clientes: aeropuertos, estaciones de ferrocarril, polvorientas librería europeas, habitaciones de hotel fundidas en su recuerdo cual una sola estancia de límites cambiantes, con despertares desprovistos de referencia, sobresaltado en la oscuridad, buscando el interruptor de la luz para tropezar con el teléfono, desorientado y confuso. Momentos en blanco arrancados a la vida y a la consciencia. Nunca estaba muy seguro de nada, ni de sí mismo, al abrir los ojos, durante los primeros treinta segundos, cuando el cuerpo amanecía con más rapidez que el pensamiento o la memoria.

Extracto de la novela “El club Dumas” escrita por Arturo Pérez-Reverte.

Noviembre 3rd, 2008 a las 10:43

El hombre terminal, por Michael Crichton

En 1972, con 30 años y después de haber publicado dos novelas,  Michael Crichton publicó la novela “The terminal man”.

El argumento trata sobre el intento por parte de la medicina de curar a un enfermo de epilepsia psicomotora, enfermedad que se manifiesta mediante repentinos e inexplicables ataques de violencia. Tras años de investigación, los responsables del proyecto encuentran al candidato perfecto, Harry Benson, para llevar a cabo una operación realizada hasta el momento sólo en animales. La intervención consiste en colocar en el paciente un micro-ordenador que detecta cuando se va a producir un ataque violento y contrarrestarlo mediante la generación estímulos eléctricos en el cerebro del sujeto. Como era de esperar por el lector, los resultados no son los que debieran.

La historia es creíble gracias a la facultad que caracteriza a este autor por documentar de manera exhaustiva sus trabajos y hacer que parezcan factibles. Los personajes resultan bastante planos, y parecen ser tratados como accesorios de la trama argumental, la cual es simple y lineal, y con un desenlace totalmente predecible.

Se lee muy rápido, gracias a (o por culpa de) la prosa de Crichton. El final del libro es brusco y no hace más que confirmar el presentimiento de que el libro te iba a dejar un mal sabor de boca.


Siempre tuve pocos amigos, y casi ninguno de ellos, salvo ocasiones excepcionales, me acompañó en alguno de mis viajes; aprendí a valorar, para lo que no me hizo falta pasar muchas páginas, la compañía de un buen libro.

Captain Bryant.

Octubre 26th, 2008 a las 12:59

El Diablo y el relojero [relato], por Daniel Defoe

Vivía en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.

En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

—¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».

Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:

—¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

—Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré —y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.

El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

Relato “el Diablo y el relojero” escrito por Daniel Defoe.

Mayo 21st, 2008 a las 14:09

Het Achterhuis [extracto]

Querida Kitty:

Se me acaba de ocurrir un buen título para este capítulo:
Oda a la estilográfica «In memoriam»

La estilográfica había sido siempre para mí un preciado tesoro; la apreciaba mucho, sobre todo por la punta gruesa que tenía, porque sólo con la punta gruesa de una estilográfica sé hacer una letra realmente bonita. Mi estilográfica ha tenido una larga e interesante vida de estilográfica, que pasaré a relatar brevemente.

Cuando tenía nueve años, mi estilográfica me llegó en un paquete, envuelta en algodón, catalogada como «muestra sin valor», procedente de Aquisgrán, la ciudad donde reside mi abuela, la generosa remitente. Yo estaba en cama con gripe, mientras el viento frío de febrero bramaba alrededor de la casa. La maravillosa estilográfica venía en un estuche de cuero rojo y fue mostrada a todas mis amigas el mismísimo día del obsequio.

¡Yo, Ana Frank, orgullosa poseedora de una estilográfica!

Cuando tenía diez años, me permitieron llevar la estilográfica al colegio, y la señorita consintió que la usara para escribir. A los once años, sin embargo, tuve que guardarla, ya que la señorita del sexto curso sólo permitía que se usaran plumas y tinteros del colegio como útiles de escritura. Cuando cumplí los doce y pasé al liceo judío, mi estilográfica, para mayor gloria, fue a dar a un nuevo estuche, en el que también cabía un lápiz y que, además, parecía mucho más auténtico, ya que cerraba con cremallera. A los trece la traje conmigo a la Casa de atrás, donde me acompañó a través de un sinnúmero de diarios y otros escritos. El año en que cumplí los catorce, fue el último año que mi estilográfica y yo pasamos juntas, y ahora…

Fue un viernes por la tarde después de las cinco; salí de mi habitación y quise sentarme a la mesa a escribir, pero Margot y papá me obligaron bruscamente a cederles el lugar para poder dedicarse a su clase de latín. La estilográfica quedó sobre la mesa, sin utilizar; suspirando, su propietaria tuvo que contentarse con un pequeñísimo rincón de la mesa y se puso a pulir judías. «Pulir judías» significa aquí dentro adecentar las judías pintas enmohecidas. A las seis menos cuarto me puse a barrer el suelo, y la basura, junto con las judías malas, la tiré en la estufa, envuelta en un periódico. Se produjo una tremenda llamarada, y me puse contenta, porque el fuego estaba aletargado y se restableció.

Había vuelto la tranquilidad, los latinistas habían desaparecido y yo me senté a la mesa para volver a la escritura, pero por más que buscara en todas partes, la estilográfica no aparecía. Busqué otra vez, Margot también buscó, y mamá, y también papá, y Dussel, pero la pluma había desaparecido sin dejar rastro.

—Quizá se haya caído en la estufa, junto con las judías —sugirió Margot.

—¡Cómo se te ocurre! —le contesté.

Sin embargo, cuando por la noche mi estilográfica aún no había aparecido, todos supusimos que se había quemado, sobre todo porque el celuloide arde que es una maravilla. Mi triste presentimiento se confirmó a la mañana siguiente cuando papá, al vaciar la estufa, encontró el clip con el que se sujeta una estilográfica en medio de las cenizas. De la plumilla de oro no encontramos el menor rastro.

—Debe de haberse adherido a alguna piedra al arder —opinó papá.

Al menos me queda un consuelo, aunque sea pequeño: mi estilográfica ha sido incinerada, tal como quiero que hagan conmigo llegado el momento.

Tu Ana.

Extracto de la novela “El diario de Ana Frank” escrita por Annelies Marie “Anne” Frank.

Abril 19th, 2008 a las 20:18

Vingt mille lieues sous les mers [extracto], por Jules Verne

…provisto de su sextante, tomó la altura del sol para averiguar la latitud. Esperó durante algunos minutos para que el astro viniese a buscar el nivel con el borde del horizonte; y mientras hacía estas observaciones ninguno de sus músculos se estremecía, y el instrumento seguramente no hubiera estado más inmóvil en una mano de mármol.

—Son las doce —dijo—, señor profesor, cuando queráis…

Dirigí una última mirada a aquel mar bastante amarillento por las inmediaciones de las tierras japoneses y volví a bajar al salón.

Una vez allí el capitán hizo sus cálculos para fijar cronométricamente su longitud, comparándola con precedentes observaciones de ángulos horarios. Después me dijo:

—Señor Aronnax, nos encontramos exactamente a ciento cincuenta y seis grados y quince minutos de longitud al Oeste.

—¿De qué meridiano? —pregunté vivamente, esperando que la respuesta del capitán me indicaría su nacionalidad.

—Caballero —me respondió—, tengo diferentes cronómetros, arreglados a los meridianos de París, de Greenwich y de Washington. Pero haciéndoos todos los honores, me voy a servir en esta ocasión del meridiano de París.

Esta respuesta no venía a aclararme nada; me callé, pues, y el comandante continuó:

—Treinta y siete grados de longitud al Oeste de meridiano de París, y treinta grados siete minutos de latitud Norte; es decir, a trescientas millas aproximadas de las costas del Japón. Hoy estamos a ocho de noviembre, es mediodía, y comienza nuestro viaje de exploración submarina.

—¡Guárdenos Dios! —exclamé.

—Y ahora, señor profesor —añadió el capitán—, os dejo entregado a vuestros estudios. Hacemos ruta al Este-Nordeste, y nos hallamos a cincuenta metros de profundidad. He aquí mapas perfectamente dispuestos, donde podréis seguir la marcha; queda el salón a vuestra disposición, y os pido permiso para retirarme.

Extracto del capítulo “El Río Negro”, de la novela “20.000 leguas de viaje submarino” escrita por Jules Verne.

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    A veces la verdad no importa como debería. — película: Sin City

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    NOVELA: "Out"
    Autora: Natsuo Kirino
    Editorial: Planeta
    © Esta edición: 2008

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